miércoles

A veces cuesta no sucumbir ante el derrumbamiento idealizado del mundo que has inventado.
Probablemente, no sea tan difícil de entender que tu mundo empieza y acaba en ti (y contigo), pero sin embargo, todos nos empeñamos en crear estructuras (casi tangibles) para hacer de nuestro mundo particular un mundo colectivo.
Una red.
Un asesinato del espíritu.
Un extraño paisaje onírico.
Un constante saludo a la visión que decidió proyectar nuestra mente en alguna parte del vasto espacio que nos rodea.

Y sentado en una piedra, que poseía la extraña cualidad de la contradicción pura, encontraste un pequeño sentido y un nuevo abismo eterno.
Oías el fluir de la Nada y el Todo chocando contra unas rocas que habían sido pulidas por el devenir. Y que en su solución inacabada se encontraba la áspera suavidad, tan típica de las piedras. Porque al final, son exclusivamente eso: rocas de río. Y quien vaya más allá es que ha sido demasiadas veces derrotado como para encontrar una solución no trágica e intranscendental.
Pero no, ni siquiera son unas rocas de río. No son. No son nada. Y no estamos exentos de estar dentro de la no-categoría y de la no-existencia.
La falta de felicidad proviene del saber, profundo pero no aceptado, que no podemos aspirar ni siquiera a ser una ilusión, un estado ilusorio. Por ello, creamos saberes que comienzan y terminan pensando en nuestra existencia (y todos los peligros, alegres o no, que de ella emanan).

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