miércoles





Se trata de que no vuelvas a lo de antes, a lo extrañamente perdido. 
Y entonces te dejas caer, como el cadáver que rueda barranco abajo pero que misteriosamente resucita al desmembrarse. 
Te reprimes, y entonces te vuelves un individuo con patologías que curar, sales del psiquiatra y te preguntas si los gritos de tu vecino no son una patología, o las inquietudes políticas de los grandes liberadores de la conciencia y el ánimo humano.

Por las noches, al tumbarme, con el cuerpo entumecido, oigo como late el corazón (lo que supuestamente es mío) y me asusta el escucharlo y sentirlo, aunque me asusta más la idea de estar presenciando el comienzo de mi despedida. Así que me olvido de él. 
Entonces amaneces y dialogas contigo: ¿para qué?, ¿para qué, qué?, nada. El almuerzo sabe igual que siempre, como todos los días vamos. Vaya, ¿seré yo, o será él?.

Llegas, sin saber muy bien cómo ni cuándo, a la noche con la extraña esperanza de que mañana sea diferente (que caiga una bomba, que te levantes siendo algo que nunca has sido pero que siempre has echado de menos ser), que el cambio venga de otro, porque de mí no hay nada que sacar. Dices: por dios!, qué Dios?, soy lo que llaman (los que se auto-ayudan) mi peor enemigo. Pero eso no tiene sentido, es inteligente vulnerar lo que te rodea para no hacerlo contigo mismo, pero nadie dijo que yo perteneciera a ese grupo. Los espíritus avasalladores joden, los desafortunados son jodidos (¿porque ellos así lo quieren?, la preguntas mal formuladas no dan ningún resultado).

Los clásicos me gusta tocarlos más arriba, los románticos más abajo, hacia el puente, más cerca de lo trágico y el espectro de la muerte. Tiene la mano pequeña y el pene... ¿también?

Los artistas no existen, solo son impulsos ansiosos de poder venerados por los que nunca han descubierto la profundidad de sus vísceras, o si la vieron no supieron cautivar a los demás con ella. Da igual, todos nos afligimos. 

sábado




Tu cara es tan extraña. Como verme a mí mismo en ella reflejada. 

Su pequeña -pero alta- frente, fruncida y espantada.

Sus cerrados, toscos y asustados ojos. Los que siempre andan compungidos y apretados, como si el mundo hubiera rebanado su mirada.

Su nariz, corta y algo redondeada, olisquea restos de experiencias pasadas, olvidadas, y más inventadas que realizadas.

Su boca, como la de un enajenado militar, sonríe y calla. Es ahí, donde encuentro la tristeza hecha carne. Es ahí, donde mi interior se derrama. Como cuando uno intenta encontrar cobijo en el oscurecido cielo y una de sus estrellas se ahoga y apaga.

Y llego. Es en este momento. Cuando en una habitación, brevemente olvidada, encontramos la ansiada retirada. Abandonamos nuestros puestos de víctimas destronadas. Nos exculpamos y liberamos. 

Y por fin llega. Nos despedimos, en un amable y entrañable gesto de manos, nos giramos y nos olvidamos. Como el que se olvida de respirar para aprender a hacerlo de una opuesta manera, aun sabiendo que agonizará y morirá en el intento.