El otoño le alcanza.
Las frías manos estacionales le rodean, y siente profundas punzadas en el corazón.
Las lágrimas que bailan por su cara forman charcos, espejos, en los que se reflejan las oscuras nubes que más tarde tronarán en su mente, sumiéndole en una compleja lluvia. Cada gota cae con más peso que la anterior y nota la consistencia de la melancolía y la soledad.
Me buscará en el frío del invierno, pero solo obtendrá imágenes de un pasado ingenuo.
Deberíamos volar, y poder avistar los latidos de la gran ciudad.
Y te prometo que si el vuelo (por alguna razón absurda) termina, te prometo, que caeremos con la fuerza suficiente como para obtener un vuelo mejor, ese vuelo que se obtiene cuando tu cuerpo yace inerte y la mente vuela.