lunes




Y es probable que ya todo se haya ido.
Que incluso el fuego que quemaba pero a la vez iluminaba mi interior haya sido aplacado por un viento frío del norte.
Que el agua que resonaba dentro de mí, como el río melancólico, apacible y entrañable que resuena en un bosque, se haya visto contaminada por todos aquellos que en ella se han bañado, y como consecuencia ha decidido estancarse para no producir más sonidos.
Construyendo una fortaleza creí impedir el paso de cualquiera en el bosque de maravillosas y monstruosas criaturas, de aguas cristalinas y productoras de fluidos sonidos.
Pero me detengo y contemplo la fortaleza desde el interior, desde mi interior, y no logro saber si las criaturas han muerto o se hallan dormidas, y no consigo vislumbrar los destellos de las aguas ni su sonido, y todo se halla entre inerte y asustado.
La naturaleza del humano utilizó y consumió el bosque, mi bosque -me digo- pero obvié algo. Obvié que el gran muro que construí para detenerles el paso también ha detenido la entrada a los rayos del sol.

Y ahora me encuentro en esta inmensa y oscura arboleda esperando a ser devorada por mis propias criaturas, pues ya no tienen el recuerdo de los antiguos caminantes para engullir.