Tu cara es tan extraña. Como verme a mí mismo en ella reflejada.
Su pequeña -pero alta- frente, fruncida y espantada.
Sus cerrados, toscos y asustados ojos. Los que siempre andan compungidos y apretados, como si el mundo hubiera rebanado su mirada.
Su nariz, corta y algo redondeada, olisquea restos de experiencias pasadas, olvidadas, y más inventadas que realizadas.
Su boca, como la de un enajenado militar, sonríe y calla. Es ahí, donde encuentro la tristeza hecha carne. Es ahí, donde mi interior se derrama. Como cuando uno intenta encontrar cobijo en el oscurecido cielo y una de sus estrellas se ahoga y apaga.
Y llego. Es en este momento. Cuando en una habitación, brevemente olvidada, encontramos la ansiada retirada. Abandonamos nuestros puestos de víctimas destronadas. Nos exculpamos y liberamos.
Y por fin llega. Nos despedimos, en un amable y entrañable gesto de manos, nos giramos y nos olvidamos. Como el que se olvida de respirar para aprender a hacerlo de una opuesta manera, aun sabiendo que agonizará y morirá en el intento.