El pasado es más imaginado que recordado.
El presente llora ahogado por la constante muerte de sus segundos. Ríe angustiado por el nacimiento de un futuro que le someterá hasta ser enjaulado entre barrotes imaginarios.
Los tiempos remotos son acunados en la inocencia y la ingenuidad.
Los tiempos agitados, a los que llamamos "presente", se escurren perdiendo credibilidad y constancia.
Los tiempos venideros ya han llegado y se marchan, para siempre. Para siempre.
Nos queda el devenir.
Nos queda la invención.
Nos queda la sonrisa melancólica.
Nos quedan las lágrimas esperanzadoras.
Nos queda la vida.
Nos queda la decadencia.
Nos queda la aproximación silenciosa e inoportuna a la no-existencia.
¿Cómo podremos consentir no sentir después de haber notado la caricia de la tristeza y el alzamiento de la felicidad?
¿Cómo podremos consentir terminar siendo nada habiendo intentando ser algo?
¿Cómo podremos consentir que nuestros ojos no expresen el sonido de nuestro espíritu una vez se bajen los telones de la función?
Si la llegada es irremediable y necesaria, lo mejor será respirar hondo, cerrar los ojos y sentir la velocidad vital.
Lo mejor será abrazarse a uno mismo.
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