Dormida sobre tus frágiles y pequeñas piernas sobrevolé la efímera felicidad de un trayecto corto.
A tus dedos mis secos cabellos se aferraban, como el viento se aferra a los muros de la gran ciudad.
Entre sueños y realidad lloré, por las calles nocturnas, mientras sombras disfrazadas de personas veían sus lágrimas resbalándose por mi piel.
Sufrí en cada esquina, recordando la fuerza de tu ternura en mi mano.
Y al ascender hasta la soledad del universo recordé tus ojos claros y abiertos. Aquellos ojos a los que miré como casi por última y primera vez. Ese abismo en el que me descubrí desnuda y calmada, agitada por tu brisa suave.
Y como casi un susurro tus palabras escuché, recordándome un beso entre inventado y dibujado, entre onírico y alienado. Bajo la mirada indiscreta de aquel conductor que no conducía, de aquel desconocido que de nuestra intimidad hizo la suya.
Extrañándote en la oscuridad, y ocultándome todo lo que detrás mía dejé, busco refugio de la lluvia y el frío que se ha adentrado en mí y no tiene dónde ir.
Buscando en esta cordial tristeza la evocación infinita de la ocasión, del temor a la sinrazón y a sabiendas de que no existe un futuro mejor.
En el bosque de aquella montaña lejana, oculta por la niebla, te encontraré. Y será entonces, cuando entre piedras resbaladizas, me dejaré caer, mi vida expirará y mi espíritu se sosegará. Entre tus delicadas manos mi savia transcurrirá. Llorando me recogerás y sabrás que es en el río donde siempre he querido descansar.
Y como un desasosegado nacimiento, sentirás la eminente presencia de la quietud y el silencio en el que las cosas se desvanecen.
Y así, contemplando mi joven, descansado y muerto cuerpo, te acercarás de nuevo a mi pelo y, una vez más, entre suaves caricias lo envolverás.
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