Y allí la conocí.
Allí estaba ella, desnuda y pálida.
La gente paseaba por su mismo lado ignorando la mano que ella les tendía.
Pero yo, no comprendí por qué no atender, a alguien tan bello y celestial.
Así que la cubrí con mi chaqueta y le regalé una de las pocas sonrisas sinceras que fluyen por la vida.
Ella me penetró con su mirada, sentí el más gélido de los fríos y unas intensas punzadas en el corazón.
Para cuando quise darme cuenta, me encontré amándola con gran tristeza y dolor.
(Como se suele amar a la soledad)
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