Supongamos que sientes infinitas agujas retorciéndose en tu blanco pecho.
Supongamos que te duelo.
Supongamos que tus piernas tiemblan cada noche.
Supongamos que sangras al llorar.
Supongamos que vomitas afiladas cuchillas, que rebanan cada lastimero trozo de tu ennegrecido corazón.
Colocarías tu fuerte y ruda mano sobre la frente, con todos los dedos bien estirados y el canto de ella depositado sobre tus pobladas cejas.
Intentarías conquistar de nuevo el horizonte, con tu penetrante mirada de animal dotado de cierta inteligencia.
Y de esta manera te atreverías a señalar con tu dedo índice, dónde se encuentra mi alma.
Yo, correría, por millonésima vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario